Conoces esta sensación.
Es ese nudo en el estómago cuando le das al 'play' a la última grabación que hicisteis en el local.
Esperabas potencia, pegada, claridad... y lo que escuchas es un caos absoluto.
Un barro de graves donde el bombo y el bajo son una masa irreconocible.
El sonido de los platos colándose por el micrófono de la voz.
Unas guitarras que suenan a un enjambre de avispas cabreadas.
Has perdido otra tarde.
Has quemado la energía de los músicos repitiendo tomas.
Y lo peor de todo, acabas soltando la mentira más tóxica de este sector para consolarte: "Tranquilos, esto luego lo arreglo en la mezcla".
Sabes que es mentira.
Lo que se graba mal, se mezcla mal.
Estás atrapado intentando revivir un sonido muerto desde el origen porque el local de ensayo "suena mal" y la microfonía fue un desastre.
La cruda realidad es que necesitas dejar de improvisar.